viernes, 19 de julio de 2013

LAS MATEMÁTICAS NO AMAN

La profesora me citó en la pizarra. ¡Vamos, no voy a comerte!, dijo con una sonrisa sinusoidal. A medida que me acercaba, los límites de mis nervios tendían al infinito en progresión geométrica, sin una razón que determinara la indeterminación que sentía. Cuando la tuve cerca, pude ver con claridad que despejando el factor marido, la regla de tres sería mucho más sencilla entre los dos. Con un movimiento parabólico me tendió la tiza, pero debido a la aceleración de la gravedad del asunto le agarré la mano, lo que derivó en las risas de mis compañeros alcanzando un valor máximo. Entonces dividí ese segundo en milésimas para contemplar sin prisas las curvas que tantos puntos de inflexión me habían causado. Miré a los demás alumnos e inmediatamente los resté, quedándome a solas con ella en una ecuación de segundo grado con dos incógnitas, una variable y la otra constante. Pensé en montar un número pero me pareció complejo, así que decidí resolver la raíz del problema elevando mis expectativas al mínimo exponente y encerrando mis delirios entre las filas y las columnas de una matriz involutiva.
Tras mi largo silencio vino la vergüenza y luego, por lógica, un merecido suspenso que ni siquiera lamenté, pues para mí, nada tenía solución sin ella.

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