viernes, 8 de marzo de 2019

EL SUSTITUTO

Tía Consuelo vive con nosotros desde que enviudó. También, desde entonces, tía Consuelo se emborracha cada Nochebuena. Tía Consuelo dice que es cuando más se acuerda de su marido, el tío Pascual. Ellos solían venir a cenar todos los años. Así que, durante esa noche, se lo perdonamos todo. Y no me refiero a la borrachera, sino al tema del sustituto. Los Gutiérrez tenemos claro que la familia es lo primero y si alguna vez hay que mirar para otro lado, pues se mira y punto.

Tía Consuelo comienza la tarde sentada en el sofá, bebiéndose a sorbitos una copa de anís. Entonces busca en su cartera y nos muestra una foto de cuando era joven, siempre la misma foto de color sepia en la que, todos estamos de acuerdo, sale muy guapa. Después, tía Consuelo se lanza a contarnos cosas de su vida que no conocíamos. Las historias de tía Consuelo parecen sacadas de una película de aventuras. El año pasado nos contó que, antes de conocer al tío Pascual, estuvo trabajando para un jeque árabe que la llevó de viaje por todo el mundo. Dijo haber estado en la India, en los Estados Unidos y hasta en el desierto del Sáhara a lomos de un camello. Nosotros a veces no sabemos si creerla, mi hermano Félix el mayor dice que se inventa más de la mitad. Mi madre dice que qué más da que se invente.

Mientras tía Consuelo se desahoga, nos vamos turnando para escucharla. Por suerte, los Gutiérrez sabemos organizarnos y atendemos a tía Consuelo sin dejar de cumplir con nuestras tareas: mis hermanas las pequeñas ensayan los villancicos en un rincón del comedor, mis hermanas las mayores se encargan de preparar la mesa y mis hermanos y yo adornamos con espumillón muebles, cuadros y lámparas. De cocinar el pavo se encarga mi madre y de contestar el teléfono, mi padre. De esta manera, tía Consuelo siempre tiene alguien a mano. Ella nos habla en voz alta desde el sofá, dirigiéndose a unos y a otros. Al caer la tarde, tía Consuelo cambia de tercio y rememora su luna de miel en Mallorca con el tío Pascual. Nos habla del viaje en el ferri, del hotel de cuatro estrellas y de la excursión a las cuevas del Drach. Luego, arrastrada por la emoción, entra en bucle, y empieza a decir lo bueno que era nuestro tío y lo mucho que se querían. Cuando esto ocurre, uno de nosotros debe sentarse a su lado y acariciarle la mano. Entonces ella deja de hablar y te mira como si no te conociera, con los ojos brillantes por los recuerdos y también por el anís.

Cuando oscurece tras las ventanas del comedor, tía Consuelo se pinta los labios de color rojo pasión en el espejo de la entradita y sale a la calle en busca del sustituto. Nosotros sabemos que se dirige al bar de Isidro, pero no le decimos nada; qué le vamos a decir. Tía Consuelo siempre llega puntual para la cena. Si mi madre dice que cenamos a las diez, a menos cinco aparece por la puerta. La mayoría de nosotros ya estamos sentados a la mesa. Ahora naturalidad, nos recuerda mi padre en voz baja: NA-TU-RA-LI-DAD. Entonces, escuchamos cómo la llave entra en la cerradura y por fin aparecen, tía Consuelo y el sustituto. Entran agarrados del brazo, como si llevaran veinte años casados. ¡Saludad a vuestro tío!, nos dice ella. Y eso es lo que hacemos. ¡Cuánto tiempo, Pascual!, exclama mi padre. Mucho tiempo, sí, mucho tiempo, responde el sustituto. Por lo general, el sustituto también suele venir calentito del bar y no le cuesta demasiado seguirnos el juego. Unos le ayudan a quitarse el abrigo, otros comentamos el frío que hace, mis hermanas reparten besos y, entre una cosa y otra, aparece mi madre con el pavo.

Durante la cena, tía Consuelo hace lo que puede para que el sustituto se sienta a gusto. Le llena la copa de vino, le sirve otra ración de pavo sin preguntar, le llama cariño. El tío Pascual era hombre de pocas palabras, esa es la verdad, por eso nosotros apenas hablamos con el sustituto. Hacemos como que no está mientras lo vigilamos con el rabillo del ojo; al fin y al cabo, es un desconocido. Tía Consuelo trae uno nuevo cada año. Pero lo cierto es que todos intentamos que no le falte de nada, que se siente como en su casa. Tenemos claro que debe de aguantar hasta el final, hasta la escena del baile.

Después del turrón y las bolas de coco, mis hermanas las pequeñas se colocan junto al árbol con una velita encendida entre las manos y cantan tres o cuatro villancicos. El sustituto suele quedarse embobado con sus voces angelicales. A veces, incluso se emociona porque, de haberse venido a cenar con nosotros, él también debe de estar tan solo como tía Consuelo. Cuando mis hermanas acaban de cantar, mi hermano Félix pone el disco de los pasodobles y mi madre deja el comedor a media luz para crear ambiente. Con el primer acorde, tía Consuelo se levanta de un salto: ¡Vamos a bailar!, le dice al sustituto. Entonces retiramos las sillas y todos nos quedamos de pie, formando un corro alrededor de tía Consuelo y de ese señor que, mal que bien, podría pasar por el tío Pascual. Parecerá  una tontería, pero nos gusta imaginar que el tío Pascual ha vuelto y que ahora está bailando un pasodoble con tía Consuelo, como hacían siempre en Nochebuena. Por eso, al principio los dejamos a ellos dos solos, para que disfruten la canción a gusto. Luego, a un gesto de mi padre, salimos a bailar nosotros también. Lo hacemos gradualmente, sin armar escándalo, con toda la na-tu-ra-li-dad que logramos reunir en ese momento.

sábado, 16 de febrero de 2019

PIXIE Y DIXIE



Dos viejitos sentados en un banco que vigilan,
que no disimulan, pendientes de todo el que pasa.
Dos viejitos que ahora son pelusas de polvo y fruta marchita
y copos de nieve,
pero que antes fueron pólvora y hogueras en mitad de la noche
y encuentros clandestinos, siempre a oscuras.
Dos viejitos que discuten cada día, por las mismas cosas,
a la misma hora, sin saber por qué.
Dos viejitos que huelen al mismo suavizante,
que de tanto estar juntos se parecen,
que de tanto estar juntos son indivisibles, como Pixie y Dixie.
Dos viejitos que pasean por el parque sin decirse nada,
sin callarse nada, kilómetros de mutismo,
si acaso un suspiro, una tosecilla, nada más.
Eso y el silencio.
Dos viejitos que adolecen el uno del otro,
que sobrevivieron al amor y a sí mismos,
que se encuentran en el pasillo y no se hablan,
que comen juntos, cenan juntos, duermen juntos,
sin tocarse, como dos piezas rotas de un puzle.
Dos viejitos que se visten frente al espejo, de gris y burdeos,
de cuadros y flores,
de blanco y negro los domingos y los días de fiesta.
Dos viejitos que se sientan en el mismo banco todas las tardes,
aunque esté para llover como hoy.
Dos viejitos prudentes, encogidos,
que compraron un paraguas tan grande como la carpa de un circo,
un paraguas que todos los días abren sobre sus cabezas,
sobre las copas de los árboles, sobre los edificios.
Dos viejitos que esperan la lluvia y la hora de la cena
y quizá también la muerte,
que esperan sin prisa, sin expectativas, sin temor a mojarse.
Dos viejitos que al final se duermen, es inevitable,
se sientan en el banco y al rato se duermen.
A pesar de los chiquillos que gritan,
a pesar del movimiento del planeta,
uno en el hombro del otro, el otro en el hombro del uno,
se duermen al cobijo de su enorme paraguas.
Dos viejitos que cada tarde cierran los ojos y sueñan lo mismo,
la misma pesadilla caníbal,
y luego se despiertan desorientados, como ratoncillos recién nacidos.
O no se despiertan nunca, eso ya depende.
Dos viejitos que solo al final, justo antes de marcharse,
se dan cuenta de que el suelo está seco,
que las previsiones eran falsas,
que Plutón ya no es un planeta.
Pero de esto solo se dan cuenta al final,
cuando cierran el paraguas y la noche cae por su propio peso.

domingo, 9 de diciembre de 2018

DÍAS DE LLUVIA


I

La empresa me envía unos meses a trabajar al País Vasco. Cuando llego a San Sebastián son las once de la noche y llueve. El hotel donde me alojo está a las afueras, en la cima de un monte. El GPS me conduce por un camino que no parece llevar a ninguna parte, dice que mi destino se encuentra a pocos kilómetros, pero no me fío. A medida que asciendo por la carretera, me voy adentrando más y más en una especie de bosque, y las historias en las que ETA dejaba a un empresario atado a un árbol en mitad de la nada empiezan a rondarme la cabeza. Por suerte, en pocos minutos la carretera termina en la puerta del hotel. Aparco al pie de unas escaleras de mármol. Mi habitación está en la cuarta planta, es amplia y la moqueta está limpia. Se notan las cuatro estrellas. Salgo al balcón. El viento arrastra la lluvia hasta mi cara. Al fondo, la playa de la Concha brilla como en las postales y el mar y el cielo son la misma cosa inmensa y oscura. Bajo al restaurante. No hay más clientes. Tampoco hay camareros. A pesar del lujo, me siento vulnerable. Tras la barra, una puerta con ojo de pez deja escapar un sonido de cacharros metálicos. Pasan quince minutos, puede que más. Entonces entra en el restaurante un tipo con pijama de raso y batín a juego. Se acerca al mostrador, espera unos segundos y luego se lleva dos dedos a la boca y silba con fuerza, igual que si llamara a un puñado de vacas. Un chico con granos en la frente se asoma por el ojo de pez. El tipo le hace una seña con la mano, el chico sale y prepara un escocés sin hielo en vaso de tubo. Yo le digo que me gustaría cenar algo. Cuando el chico regresa a la cocina, el tipo del pijama me dice que hace exactamente treinta años celebró su boda en ese mismo hotel. No sé qué contestar a eso. Ni siquiera acabo de creérmelo. El tipo del pijama coge su whisky y se larga. Entonces pienso que hubiera estado bien que se quedara un rato más a mi lado. El chico vuelve a salir, dice que no hay cocina, pero que puede hacerme un sándwich mixto. 


II

Después del trabajo doy un paseo por los alrededores del hotel. A la izquierda de las escaleras de mármol hay un arco de piedra que me lleva a lo que parece ser una vieja montaña rusa. Intengo seguir el recorrido de las vías, a veces se asoman al borde del precipicio y pienso que no creo que nadie tenga huevos a subirse ahí. Los raíles están oxidados y algunos tramos están cubiertos por las ramas de los árboles que crecen en la ladera del monte. Luego encuentro una especie de mirador. Empieza a anochecer, la lluvia es tan fina que apenas cae, es como si nunca dejara de llover del todo. Miro de nuevo hacia la playa de la Concha, distingo a unos  surfistas nadando hacia la oscuridad. Entonces todo transcurre igual que en los sueños. Subo al coche, enciendo la radio y en unos minutos ya formo parte de la postal, mis manos están apoyadas en la barandilla blanca que recorre el paseo y el olor de la sal me trae viejos recuerdos. Un tipo se me acerca, un tipo con gabardina y flequillo peinado hacia abajo. Me pregunta si quiero un cupón. No, no quiero, gracias. El tipo sonríe. También tengo películas porno, dice, ¿te gustan las películas porno? El tipo tiene una cara extraña, parece viejo y joven al mismo tiempo. Echo un vistazo a mi alrededor, la playa ha quedado desierta, ni siquiera veo a los surfistas, el mar debe de habérselos tragado. No, no me gustan, bueno sí me gustan, pero me tengo que ir. El tipo insiste, quiere que le invite a mi casa, podemos fumarnos un porro y ver una película porno, me dice. Mira, ¿ves aquellas luces de allí, encima del monte?, pues ahí vivo yo, en el hotel. Ah, sí, me dice, yo iba de niño a montar en la Montaña Suiza. Será rusa, le digo yo. No, no, responde muy serio, no es rusa, es suiza. 


III

Hoy viene mi jefe en el avión de las doce y media. Cuando se encuentra conmigo, dice que quiere saber qué tal me va, pero parece pensar en otra cosa mientras intento explicarle que todo marcha según lo previsto. De pronto mira su reloj y me pregunta si Aitor habrá reservado mesa en el Sugarri. Aitor es el jefe de operaciones, un tipo peculiar. Salimos fuera, el Sugarri no queda lejos del aeropuerto, pero está lloviendo y mi jefe prefiere ir en coche. Cuando llegamos, Aitor nos espera en la puerta, fumándose algo que tira precipitadamente al vernos aparecer. Durante la comida hablamos de temas relacionados con el trabajo. Luego Aitor nos acompaña de vuelta al aeropuerto. El avión de mi jefe sale a las cuatro y veinte. Desde el ventanal de la cafetería podemos ver cómo las nubes acaban engullendo al aparato. Aitor tiene prisa, pero antes me dice que podíamos quedar algún día, ya sabes, para tomar unos katxis. Me pregunta donde vivo. En un hotel. ¿En cuál? En el Monte Igueldo. Ahí va la hostia, me dice, ¿el de la Montaña Suiza? Sí, en ese, le digo. Pues allí celebraron mis padres su boda. Nos despedimos con un apretón de manos. Mi jornada laboral ha terminado. En el peaje observo que no está el chaval con acné de todos los días, sino una chica morena más o menos de mi edad. Le pregunto si aquí deja de llover alguna vez. La chica sonríe y me dice que sí. Llego al hotel, subo corriendo a la habitación, quiero comprobar algo. Es verdad: solo tengo que cerrar los ojos y pensar en ella para que salga el sol. 

lunes, 26 de marzo de 2018

MUERTE Y DESTRUCCIÓN



Ellos siguen viniendo cada viernes. Aterrizan en el patio interior, justo al lado de la piscina. Siempre de noche. Las primeras veces que llegaron, lógicamente, nos asustamos. No nos fiábamos. Luego, con el tiempo, nos fuimos haciendo a sus caras afiladas y paliduchas, a sus movimientos rápidos y precisos de velociraptor. Nos hacía gracia cómo lo miraban todo y decidimos darles una oportunidad, tenderles la mano. No sé si alguna vez llegamos a considerarlos amigos, pero sí que los esperábamos con ilusión; era ver las luces de la nave en el cielo y todos los vecinos bajábamos al patio con la tortilla de patata, los filetes empanados y las tartas caseras. Ellos escuchaban muy atentos nuestras historias, y sus ojos, redondos de asombro, de alguna manera avivaban nuestro papel como anfitriones. Daba gusto verlos comer.

Al cabo de tres meses, nadie sabe por qué, se empeñaron en mostrarnos el futuro del planeta y se pasaban las noches proyectando hologramas de guerras y catástrofes naturales: la extinción de las especies, las devastadoras consecuencias del calentamiento global, los paisajes desolados que las armas nucleares dejan a su paso. En resumen: muerte y destrucción.

Nosotros no dudamos de su buena voluntad, y tampoco queremos dejarlos por mentirosos, pero como a nadie le gusta que vengan de fuera a darle lecciones, el tema de los hologramas nos sentó como una patada en las tripas, además, la violencia de las imágenes hacía llorar a los niños, algunos vecinos declararon sufrir pesadillas a raíz de tanta clarividencia, y muchos no tardaron en mostrarse reacios a la hora de continuar con estos encuentros intergalácticos; decían que para ver desgracias ya están los telediarios. 

Por eso ahora nadie sale a recibirlos. Últimamente nos quedamos en la ventana, escondidos tras las cortinas. Ellos no parecen enterarse de lo que ocurre y dan vueltas alrededor de los setos, a veces, incluso miran en la caseta de la depuradora, nos llaman con sus voces aflautadas. Pobrecillos. Lo cierto es que nos da un poco de pena verlos ahí, tan lejos de su casa. Pero ya está hablado en junta. Queremos que nos olviden, que se vayan a dar la murga a otro patio.


sábado, 11 de noviembre de 2017

ESTA ES LA HISTORIA DE SIMONA HURTADO

El 1 de noviembre de 1973, Otto Günther salió a pasear camino del Puig Morell y nadie sabe cómo, pero acabó despeñándose por un barranco. Otto Günther era un alemán que llevaba siete años viviendo aquí, en el pueblo, y disfrutaba de su jubilación en una bonita casa rodeada de palmeras y fuentes con peces de colores. La mayoría de los vecinos lo conocíamos de vista, y aquellos que tuvieron el valor o la curiosidad de acercarse al lugar del accidente, contarían más tarde que lo encontraron con la cara cubierta de sangre, y los brazos y las piernas del revés, igual que una marioneta; y también contaron que de pronto apareció una mujer que no habían visto nunca, y que sin apartar la vista del cadáver, esa mujer dijo: ahorita se lo lleva la huesuda, no se me achicopale, hombre; y que lo dijo así, como hablándole al propio muerto, y que nadie se atrevió a añadir nada más. Entonces muy pocos sabían que esa mujer era Simona Hurtado. Yo estaba en la plaza, sentado en la puerta del bar de mi abuelo cuando, unos días antes de que esto ocurriera, la vi bajar del autobús. No traía equipaje y llevaba puesto un sombrero de paja y un vestido rojo de volantes. Era Simona pequeña y robusta, y tenía la cara redonda como un pan. Una trenza de pelo negro le caía por la espalda hasta casi tocar el suelo. Se me acercó y antes de entrar al bar me preguntó si allí servían tequila, y yo le contesté que solo había vino o aguardiente, y entonces ella dijo: el fuego, chavo, no más que busco el fuego. Esas fueron sus palabras.

La presencia de Simona Hurtado en el pueblo incomodó a muchos vecinos. Simona no se parecía en nada a los extranjeros que venían a vivir aquí, todos altos y rubios, y con los ojos azules. Muchos de ellos, como Otto Günther, se habían construido una casa a las afueras para que nadie les molestara. Mi abuelo decía que eran educados y dejaban propina, pero que con la gente del pueblo no querían cuentas. Y llevaba razón. Simona Hurtado, en cambio, no tenía nada, y nadie sabía con certeza a qué había venido, además, siempre estaba en la calle, dormía en un granero abandonado, y si alguien le daba una peseta corría a gastársela en aguardiente. Una vez se subió a una silla del bar y cantó México lindo y querido, aunque la mayoría de las noches nos contaba historias de fantasmas, y entonces los clientes se callaban para escucharla, y después de cada historia, nos juraba por la Virgen de Guadalupe que todo lo que había contado había ocurrido de verdad, allá en su tierra, pero eso nadie se lo creía. Lo que sí es cierto es que una mañana mi abuelo estaba abriendo el bar, y que de pronto apareció por la plaza Simona Hurtado y le dijo a mi abuelo que se fuera a velar a su esposa, y él al principio no la entendió porque acaba de ver a mi abuela sentada en su butaca zurciendo calcetines, pero Simona se lo volvió a repetir, y entonces mi abuelo se fue para adentro y encontró a mi abuela muerta, y no zurciendo calcetines como él pensaba.


Con el paso del tiempo, entre una cosa y otra, Simona Hurtado acabó labrándose en el pueblo cierta fama de bruja, una fama que no hizó más que agravarse cuando al año siguiente, también en el día de Todos los Santos, otro vecino llamado Kurt von Hellermann apareció ahogado en su piscina. Y es que a veces las casualidades asustan, pero asustan todavía más si dejan de parecer casualidades, y eso fue lo que ocurrió, porque al año siguiente falleció Helmuth Drossel, también el 1 de noviembre, en un accidente de avioneta; y al año siguiente fue Hans Loerzer, un infarto fulminante; y al año siguiente le llegó el turno a Emil Müller, en el mismo día que los anteriores, devorado por sus perros de caza; y al año siguiente le tocó al doctor Josef Lutz, atragantado con un hueso de pollo; posiblemente la muerte más triste y estúpida de todas, aunque también fue la que puso en alerta a las autoridades. Cuatro furgones de la Guardia Civil aparcaron en la plaza aquella misma tarde para interrogarnos a todos. Me preguntaron por el doctor Josef Lutz, si le conocía de algo, si tenía enemigos, si sabía de alguien que pudiera estar detrás de las otras muertes. También me preguntaron si creía en las maldiciones. Y yo les contesté que no, que aquellos hombres habían tenido mala suerte y punto. Pero al caer la noche, los guardias se reunieron en el bar de mi abuelo a deliberar, y allí bebieron vino y aguardiente, y cuando el bar se quedó vacío y andaban medio borrachos, empezaron a hablar a grito pelado, y así fue cómo me enteré de que todos los que habían muerto el 1 de noviembre, desde la fatídica caída de Otto Günther, eran antiguos miembros de la Gestapo, excombatientes del ejército nazi o amigos íntimos del Fürher. En cualquier caso, ya no eran nada. Por la mañana temprano, los guardias recogieron las tiendas, pero antes de marcharse atrancaron la puerta del granero donde dormía Simona y le prendieron fuego. Mi abuelo y yo salimos a la puerta del bar cuando nos enteramos, y ya no había llamas pero sí podía verse una gran columna de humo a lo lejos. Entonces pensé en lo que había dicho Simona sobre el fuego la primera vez que hablé con ella. Cuando suceden cosas difíciles de explicar alguien debe pagar las consecuencias, sentenció mi abuelo, y a eso precisamente, creo yo, había venido Simona Hurtado desde tan lejos; culpable o inocente, ella nos libró de nuestro propio miedo.  

domingo, 11 de octubre de 2015

LA SOCIEDAD SECRETA



Foto: Adelardo Camacho



Cuando dos o más miembros de la Sociedad Secreta caminan por la calle desprenden un ligero aroma a sacristía. Además sus zancadas amplias y elegantes dejan entrever algún tipo de urgencia, como si anduvieran por ahí con los secretos a flor de piel, o los llevaran en la punta de la lengua. Es por esto, y también por la capa y el sombrero, que los miembros de la Sociedad Secreta son fáciles de reconocer.
Las esposas de los miembros de la Sociedad Secreta inevitablemente sufren. Se quejan de que cuando se meten en la cama y les preguntan a sus maridos que qué tal en la reunión, ellos siempre les contestan que no pueden contarles nada porque es secreto. Ellas entonces cierran las piernas y les recuerdan que no debe haber secretos en el matrimonio, que eso fue lo que dijo el cura, pero ellos declaran que no recuerdan nada de aquel día y se dan media vuelta y se duermen. 
Todos los miembros de la Sociedad Secreta deben vestir con capa castellana. Solo en caso de bochorno o alergia quedará justificada su falta. Bajo ningún concepto, y con el fin de evitar más contagios por ladillas, se prescindirá de la ropa interior.  
Para pertenecer a la Sociedad Secreta no importa la raza ni la ideología política, hay miembros de derechas y hay miembros de izquierdas. Y también hay un negro llamado Luis Ángel.
Para ser miembro de la Sociedad Secreta hay que ser varón, eso sí. 
Aquí todos sabemos que el alcalde pertenece a la Sociedad Secreta, y que en las reuniones que celebran solo él tiene poder para cagarse en esto y en aquello. Al menos eso es lo que cuenta en los bares, cuando se emborracha.
La sede de la Sociedad Secreta se encuentra ubicada en el número 30 de la calle Judería Vieja, concretamente en el 2º izquierda. Lo sabemos porque eso es lo que pone en la puerta, justo encima del telefonillo, en una placa metálica como las de los notarios donde reza: “Sociedad Secreta - 2º Izqda.”
La mayoría de nosotros ayudamos como podemos a las mujeres de los miembros de la Sociedad Secreta. De tarde en tarde les llevamos palabras de comprensión y juegos mentales para distraerlas, para que no piensen. Otros les llevan libros, otros barajas de cartas, otros proposiciones indecentes. Y ellas dicen que sí a todo. 
Los miembros de la Sociedad Secreta tienen derecho a combinar la capa castellana con sombrero negro de terciopelo y calcetines blancos de punto. También tienen derecho a vestir como se les antoje siempre y cuando permanezcan dentro de su domicilio, con las cortinas echadas y en silencio. 
No es fácil entrar a formar parte de la Sociedad Secreta. Federico Fuelle, por ejemplo, rellenó muy confiado el folleto de inscripción pero fue rechazado porque no le quedaba bien la capa.   
Algunos miembros de la Sociedad Secreta afirman, y con razón, que las ladillas son altamente contagiosas y que ellos no tienen  nada que ver con la plaga que asola la ciudad.
Se cree que Federico Fuelle trama un plan desde hace meses para vengarse de la Sociedad Secreta por el feo que le hicieron. Al menos eso es lo que cuenta en las terrazas de la Plaza Mayor, cuando se templa con el tinto de Ribera.
Debido a la distribución urbanística de la ciudad, todas las calles desembocan a las puertas de la catedral. Allí, cada miércoles por la tarde, unos señores con capas castellanas suelen dejarse ver observando con detenimiento la fachada. Nadie sabe lo que miran, pero eso es lo que hacen. Luego dicen en voz alta cosas como: “Hay que ver qué edificio” o “No me puedo imaginar cuánto tiempo y esfuerzo llevaría construir algo así” o “Para mí el gótico es el estilo arquitectónico que mejor representa la magnificencia de Dios”. 
Las esposas de los miembros de la Sociedad Secreta se reúnen una vez al mes en el número 30 de la calle Judería Nueva para debatir sobre su situación. Entonces entran, se saludan y ocupan su asiento a la espera de ver quién es la que empieza con la ronda de insultos dirigidos a los hombres. 
Solo durante el mes de Agosto y exceptuando a Luis Ángel, los miembros de la Sociedad Secreta pueden ir desnudos a las reuniones, como hizo Genaro Cocota el verano pasado. Desde entonces su mujer no hace más que lamentarse de un episodio ocurrido hace más de cuarenta años en la casilla del huerto de su tío, cuando el mismo Genaro la desvirgó después de que se bañaran juntos en la alberca. 
Es inevitable que con el transcurrir de la tarde y del vino, a las mujeres de los miembros de la Sociedad Secreta se les oscurezca el pensamiento y no hagan más que preguntarse: ¿Y qué harán? ¿Y qué harán? ¿Y qué harán? ¿Y qué harán? ¿Y qué harán? ¿Y qué harán? ¿Y qué harán? Y así se tiran un buen rato, hasta que empieza la telenovela. 
Debido a la distribución urbanística de la ciudad, cuando dos o más miembros de la Sociedad Secreta acuden a una reunión, no les queda otra que bordear la Plaza Mayor al socaire de los soportales. Mientras tanto sus paisanos, acodados en las barras de los bares, comentan por lo bajini si no les dará vergüenza.
Cuando dos o más miembros de la Sociedad Secreta acuden a una reunión, caminan por la calle con el pleno convencimiento de que vistos por detrás pueden parecerse a Batman.  

La Sociedad Secreta no tiene nombre, dieron en llamarla así, Sociedad Secreta, porque dicen  que de ese modo engloba a todas las sociedades secretas del mundo, y porque las prisas no son buenas para hacer las cosas. 
En las reuniones de la Sociedad Secreta, además de intentar establecer un nuevo orden mundial, se discute con bastante frecuencia el tema del serrín en el suelo de los bares. Casi la mitad de los miembros declaran que el serrín es un buen aliado a la hora de barrer, sobre todo cuando llueve y el agua se mezcla con el polvo. Casi la otra mitad, partidarios de que el serrín da aspecto de sucio, se decantan por su entera eliminación y proponen la quema de algunos establecimientos. También los hay que no se pronuncian y se quedan dormidos como niños, con la cabeza apoyada sobre la mesa. Entonces los demás les pintan en la cara bigotes y lunares con rotuladores indelebles, les sacan fotos y luego se marchan a otra habitación para seguir discutiendo. 
La mujer del alcalde dice que en las reuniones de las esposas de los miembros de la Sociedad Secreta  tiene que morderse la lengua cuando hablan de su marido, pero que luego bien que se ríe cuando insultan a los de las demás, o cuando blasfeman sin motivo, o cuando brindan al grito de ¡Viva Astorga! Y eso que todas somos segovianas, añade la buena señora.
La Sociedad Secreta, en pos de aclarar futuros malentendidos, ha manifestado mediante una carta a las autoridades que los señores que cada miércoles miran la catedral tan detenidamente, no son miembros de la Sociedad Secreta, sino unos impostores y unos pedantes.
Antes de poner la placa encima del telefonillo, algunos miembros de la Sociedad Secreta se equivocaban de dirección y entraban en las casas vestidos con las capas negras y los calcetines de punto hasta las rodillas. A veces tiraban la puerta abajo y si no había nadie destrozaban a patadas los muebles para no perder la tarde. Otras veces sorprendían a familias enteras echándose la siesta, otras veces a cuatro parroquianos jugando a la brisca, otras veces al hijo de Don Eusebio fornicando con su cuñada en la banca del comedor. 
Cuando las esposas de los miembros de la Sociedad Secreta se reúnen y no les queda nada para beber, se levantan las faldas y muestran sin pudor las cicatrices que les dejó el parto. 
Todo lo que sabemos sobre la Sociedad Secreta es por lo que cuenta el alcalde al salir de misa, cuando se mezcla, como dice él, con el populacho.
Cuando las esposas de los miembros de la Sociedad Secreta se reúnen en el número 30 de la Judería Nueva y ya no les queda qué fumar,  juran en voz alta que nunca más volverán a llorar por un hombre. 
Por mucho que diga el alcalde nosotros sospechamos que las reuniones de la Sociedad Secreta de las que habla dan para mucho más, y en cuanto se marcha todo el mundo piensa mal sobre lo que hacen o dejan de hacer: que si comen carne humana, que si beben sangre humana, que si se confiesan vegetarianos, que si juran en arameo, que si se van de putas, que si qué sé yo,  etcétera, etcétera. 
De todas las esposas de los miembros de la Sociedad Secreta, la mujer del alcalde es la única que nos informa de lo que hacen las demás, sobre todo cuando se emborracha a la hora del vermut.
Cada uno de los miembros de la Sociedad Secreta debe saber guardar un secreto. Lo que pasó entre el hijo de Don Eusebio y su cuñada en la banca del comedor sería la excepción que confirma la regla. 
Cuando las esposas de los miembros de la Sociedad Secreta se reúnen y no les queda nada qué decir, regresan a sus casas y registran con cuidado el traje de las reuniones que su marido cuelga en el galán, pero lo único que encuentran son caracolitas de mar en los bolsillos de la chaqueta. 
...


jueves, 20 de agosto de 2015

LA AVERÍA


Por segunda vez en lo que va de noche, llora. Y lo hace incluso con más intensidad que la primera vez, cuando antes de acostarse pensó en las ballenas. El médico ya se lo tiene advertido: Román, no le dé muchas vueltas a las cosas, cíñase al momento. Sin embargo esta noche Román no es dueño de sus lágrimas y se ha despertado en pleno llanto. Rosa, su mujer, harta de sus pucheros a deshora, le ha preguntado que por qué llora esta vez. Román se ha encogido de hombros y le ha dicho que no está seguro, que él estaba durmiendo. Ella no le cree, sabe que su marido es muy sensible, que le bastaría ver a una mosca ahogándose en un charco para iniciar su habitual berrinche. Pero lo cierto es que Román, hasta ahora, nunca había llorado sin causa aparente. Por eso Rosa enciende la luz de la mesilla, se echa la bata por encima de los hombros y baja a llamar a Don Alfredo, que es veterinario y  amigo de su marido. Don Alfredo vive en el segundo izquierda y no tarda en personarse con su pijama de raso azul y un maletín de cuero. Cuando Román lo ve entrar en la habitación inevitablemente arrecia el llanto. Rosa mira hacia el techo, aunque en realidad mira hacia el cielo, hacia Dios, y sale en busca de una toalla; las lágrimas de Román ya empiezan a empapar la almohada.

Don Alfredo se sienta en la cama junto a su amigo y le pregunta qué le pasa. Román, un poco más calmado, se vuelve a encoger de hombros y se deja llorar en silencio. Rosa le dice a Don Alfredo que lleva así más de veinte minutos. Don Alfredo entonces saca un estetoscopio de su maletín y escucha con callada profesionalidad el corazón de Román. Luego, declara que el ritmo cardiaco es normal y que no deben preocuparse, que ya se le pasará la llantina. Pero Rosa no sabe cuándo ocurrirá eso y por si acaso trae una palangana y se la coloca a su marido en el regazo. Las lágrimas de Román continúan brotando y al caer en el recipiente de plástico emiten un sonido hueco, como de gotera. Don Alfredo y Rosa se quedan un rato mirando a Román, hipnotizados por su llanto perpetuo. Al cabo de media hora Don Alfredo adopta una expresión de impaciencia y Rosa le invita a marcharse; él no tiene porque cargar con esto, bastante es que se ha molestado en venir, ¿verdad?, le pregunta ella a su marido. Román levanta su rostro llorado y asiente con dudosa firmeza. Rosa acompaña a Don Alfredo hasta la puerta y regresa al dormitorio preocupada. La idea de que su marido no sea capaz de contener las lágrimas le hace pensar en una avería, en la pintura de las paredes levantada por la humedad, en muebles chorreando, empantanados, como cuando Don Eusebio se dejó un grifo abierto y les inundó el comedor hace unos años.

De nuevo en el dormitorio, Rosa observa a su marido recostado en la cama; él mantiene un lamento constante, al ralentí. Ella le quita la palangana y se la lleva al cuarto de baño para vaciarla. Y es entonces, mirando todas esas lágrimas escapar por el desagüe en forma de remolino, cuando cree tener una solución, y llama a su marido para contársela. Román aparece con su inagotable goteo. Rosa le señala la bañera y le dice que se tumbe dentro, que así todas sus lágrimas caerán por el desagüe y luego irán a las alcantarillas y luego al mar… Y a Román no le queda otra que resignarse, echarse bocarriba y clavar su mirada de lluvia en el techo. Ella entonces le acaricia la mejilla, vuelve al dormitorio y se mete en la cama, y no obstante tarda un poco en dormirse; como si en el fondo le afectara lo de comparar a su marido con un grifo mal cerrado.


(Relato Finalista en Concurso Madrid Sky 2015)

lunes, 22 de junio de 2015

EL TIMO



Aquella tarde la peluquería estaba llena de gente debido a unas ampollas que parecían frenar la caída del cabello. Yo tenía que cortarme el pelo y mi madre estaba molesta porque nunca había tenido que esperar tanto, ¡pero si eso es un timo!, declaró en voz alta, y nos fuimos a casa de Leonor, una joven estudiante que a ratos hacía de peluquera.

Leonor nos invitó a entrar en el salón. Le pregunté si podía encender la televisión y me dijo que sí. Hasta aquí, según recuerdo, todo iba bien: yo era un niño libre de pecado, un niño normal que estaba viendo los dibujos el día antes de su comunión, y Jerry volvía a escaparse de las garras de Tom introduciéndose por las rejas de una alcantarilla. Lo de ese ratón era increíble, siempre se salía con la suya.

Mientras tanto Leonor se afanaba en recortar mis greñas, me decía “baja la cabeza” o “mira hacia a ese lado” o “mira hacia el otro”, jamás, en ningún momento, me dijo que mirara en el interior de su blusa, sin embargo, eso fue lo que hice. El hueco de la manga se abrió y por unos segundos la imagen de su teta izquierda se quedó congelada a escasos centímetros de mis ojos. ¡Una teta en vivo y en directo!, un extraño calor me subió hasta las mejillas, sentí cómo se ensuciaba mi alma e intenté apartar el pecado de la mente, pero fue inútil.

De vuelta a casa mi madre preguntó si me pasaba algo. Yo le dije que no, pero la verdad es que no podía dejar de pensar en la teta izquierda de Leonor, ni siquiera pensaba en la teta derecha, ni en el noveno mandamiento, ni en volver a confesarme, ya era tarde para eso; mi comunión sería una farsa, un timo, igual que las ampollas que vendían en la peluquería.







(Ganador III Premio de microrrelatos Manuel J.Pelaez)

Gracias a Ppk, Mari Carmen, Merche, y a todo el colectivo Manuel JPelaez por un fin de semana en Zafra que califico de inolvidable.

QUIZÁ MÁS AL NORTE




Antes de marcharse, parados en el descansillo, mis padres insistieron en que hacía un día estupendo para sacarla de paseo. Yo les dije que ya vería, que estaba cansado. Mi madre meneó la cabeza y me miró como cuando era niño y no quería hacer los deberes. Está bien, la llevaré a dar una vuelta, les dije. Cerré la puerta y desde la mirilla observé cómo cogían el ascensor.

Quizá más al norte, en Chamberí o por el barrio de Salamanca, no resulte tan extraño ver a una extraterrestre paseando del brazo de un hombre, pero aquí en Carabanchel no es nada habitual. De hecho ni siquiera podemos sentarnos un rato en el parque. Mis padres creen que exagero pero es muy raro que pase alguien y no se quede mirando. Luego lo normal es que empiece a llegar más gente y sin quitarnos la vista de encima formen un corro para chismorrear sobre ella. Los más curiosos hasta se acercan para hacerle una foto. La semana pasada un señor me preguntó si podía tocarla. ¡Váyase a la mierda!, le dije.

La verdad es que desde que ella llegó mi vida ha cambiado. Para empezar, siempre que salimos a la calle tengo que evitar las vías más transitadas, sobre todo cuando hace buen tiempo y las terrazas de los bares invaden las aceras de la plaza de Oporto. La gente nos para como si fuéramos famosos, tan solo para verla de cerca. Ella en cambio no parece enterarse de lo incómodo que me siento. Lo único que hace es sonreír. Sonríe mucho. Todavía no sé por qué lo hace. Yo entonces acelero el paso y rezo para que llegue pronto el invierno. Las mañanas con niebla, por ejemplo, son una delicia. Solemos levantarnos muy temprano, todavía es de noche, y bajamos caminando por la calle General Ricardos hasta la orilla del Manzanares. A ella le gusta tumbarse en el césped a mirar el cielo y las estrellas, quién sabe, a lo mejor hasta puede ver su planeta. Cuando empieza a amanecer emprendemos el camino de vuelta. La mayoría de las tiendas aún están cerradas, pero de vez en cuando nos paramos frente a algún escaparate para mirar las cosas que venden. Entonces la veo reflejada junto a mí, rodeándome la cintura con sus tentáculos, y me acuerdo del día que se escapó. Olvidé cerrar con llave la puerta y cuando llegué de la oficina había desaparecido. Después de buscarla por todo el barrio durante horas no tuve más remedio que empezar a admitir su pérdida. Fue un momento duro, casi no podía respirar, algo me oprimía el corazón, o el pecho, no lo sé. Estaba anocheciendo. Entré en el Faro a tomar una cerveza para ver si me calmaba. De pronto me di cuenta de que hacía meses que no pisaba un bar. Cuando regresé a la calle volví a pensar en ella pero ya no estaba tan angustiado. Para mi sorpresa me encontré con una amarga sensación de alivio. Quizá por eso, cuando llegué a mi casa y la vi sentada en el rellano, pensé que hubiera preferido no volver a verla nunca más. Desde entonces no he vuelto a cerrar con llave.

Hoy hemos estado paseando por los alrededores de la cárcel. Algunos todavía la llaman así aunque hace años que la derribaron. Por uno de sus flancos lindaba con el parque de las Cruces y si continuas caminando hacia el sur, de espaldas al parque, te encuentras con un descampado donde la gente amontona sus electrodomésticos viejos. En primavera suele crecer entre ellos la hierba salvaje y esas flores amarillas que no huelen a nada. Esta tarde nos hemos acercado al único muro de la prisión que dejaron en pie. En él hay pintados montones de grafitis; algunos hablan de la libertad y otros simplemente son los nombres de quienes los pintaron, nombres raros como Yunke, Brassy o Stok. Los he estado leyendo  en voz alta mientras caminábamos. Ella no ha dicho nada. Qué va a decir. Al volver a casa no hemos tenido que acelerar el paso ni cambiar de dirección. Casi parecíamos una pareja normal. Se nota que ya anochece antes y que las calles del barrio se quedan desiertas. Mientras esperábamos el ascensor hemos visto a dos vecinos que han preferido subir por las escaleras. Me han recordado a mis padres. Ellos al principio tampoco  aceptaban a mi novia. Luego fueron tomando confianza y… bueno, ahora vienen a casa todas las mañanas, mientras yo estoy trabajando, para que no vuelva a escaparse. Yo les digo que no hace falta, que no tienen por qué molestarse, que debemos dejarla más a su aire. Les repito casi a diario  que se metan en sus malditos asuntos.

¿Y qué ibas a hacer tú sin ella, hijo mío?, me dicen.





(Finalista en el X concurso de Relato Breve "Jose Luis Gallego")

martes, 24 de marzo de 2015

INSTRUCCIONES PARA VIAJAR EN TREN



Es conveniente que el viajero acuda a la estación unos minutos antes para pensar con detenimiento a dónde se dirige. Un viaje en tren nunca debe tomarse a la ligera. El billete, pasaje o ticket siempre se tendrá a mano en el bolsillo delantero del pantalón, nunca en el trasero. En el supuesto de que se haya decidido viajar con falda, el viajero deberá guardarlo a buen recaudo en su equipaje de mano.

La posición más aconsejable para viajar en tren es la de sentado. Su variante más cómoda consiste en apoyar los pies en el asiento de enfrente, aunque esta acción puede traer graves consecuencias: el interventor no tardará en aparecer y preguntar si es así como el viajero se sienta en su casa. Antes de contestar que sí y despertar algún recelo, se recomienda volver a la postura inicial y mostrarle el billete, pasaje o ticket a modo de distracción.  El empleado o empleada se afanará en verificarlo y se marchará, dejando al viajero con absoluta libertad para volver a colocar los pies donde estime necesario.

Durante el trayecto suele estar bien visto eso de mirar por la ventanilla, sin embargo, tampoco conviene permanecer mucho tiempo; entre cinco y quince minutos viene a ser lo más saludable. Lo de ponerse melancólico es opcional. Se puede admirar el paisaje desde una perspectiva trivial, o bien pensar en el destino, en lo que el tren va dejando atrás y en todas esas cosas que a uno le preocupan; como dije, ambas opciones son válidas.

Una vez que el tren haya recorrido una quinta parte de la travesía, el viajero tiene permitido dormirse aprovechando el leve traqueteo del vagón, pero en ningún caso podrá emitir ronquido alguno. El silencio es fundamental para dar muestras de una conducta ejemplar. Cuando por el contrario la situación se presenta dialogante, debe accederse a ella con gusto y poner interés, o en su defecto, fingir que se pone. De entre los temas mejor valorados destacan: la lógica imprevisibilidad del tiempo, lo mal que está el país, el fútbol (en el caso de que todos los tertulianos sean hombres) y como última opción, y solo si se vieran agotadas todas las anteriores, se podría hablar de las típicas anécdotas que surgen a diario en los pueblos. Bajo ningún concepto y con el fin de no caer en la pedantería, se hablará sobre difuntos, recetas de cocina, informática o amores no correspondidos.

Las maletas deberán vigilarse de reojo, o bien aprovechando el momento de levantarse para ir al servicio; no resulta apropiado molestar a nadie dando muestras de desconfianza. Por el contrario, si fuera uno de los pasajeros  el que genera las molestias (ya sea por el tono de voz empleado al hablar, por el mero hecho de descalzarse o por ir leyendo un libro de autoayuda), el viajero afectado podrá salir al pasillo a rezar, o en el caso de sufrir ateísmo, le estará permitido blasfemar en voz baja hasta que sus niveles de egocentrismo disminuyan y acepte que no está solo en el tren y mucho menos en el mundo.

Cuando el tren aminora la marcha y el viajero comienza a sentirse eufórico por la inminente llegada a su destino, en pos de un último esfuerzo se mantendrá una actitud sosegada, pues no resultaría oportuno despertar envidias a estas alturas del viaje. Lo que se estipula es levantarse con sigilo y reservar para luego cualquier tipo de aspaviento o gesto de entusiasmo. Después se debe esperar en el pasillo hasta que el tren se detenga y se abra la puerta. El viajero entonces bajará las escalerillas de una en una, con cuidado de no tropezar, y ahora sí, ahora  puede sonreír y poner cara de ¡ya estoy aquí!

domingo, 18 de enero de 2015

PESADILLAS DE UN BANQUERO



Debajo de mi cama hay un señor que se llama Ramón.

Lo descubrí barriendo el dormitorio, el cepillo chocó contra algo y cuando me agaché para ver qué era, allí estaba, decúbito supino, mirándome con sus enormes ojos. Me dijo que su presencia no tenía por qué preocuparme, que no me molestaría en absoluto y que llevaba muerto más de cuarenta años. Declaró haber permanecido en aquel lugar desde su trágica defunción, en la misma posición, sin salir bajo ningún concepto.

Decidí llevar el asunto con la mayor naturalidad posible y sin sobresaltos, y quizá por eso hemos acabado haciéndonos amigos. Durante el día Ramón no suele ser muy activo, ni sombras en las paredes, ni ecos de ultratumba, nada; si le dicen a alguien que la casa está habitada por un espíritu no se lo cree. Sin embargo por las noches charlamos durante horas; hace poco me contó que trabajaba en una sucursal y que era alérgico a los gatos. Siempre que hablo con él imagino cómo será su aspecto. La primera vez que lo vi estaba todo tan oscuro… no debe ser muy alto, ni tampoco muy robusto, su voz parece ser la de un hombre frágil, de esos que tienen las manos pequeñas y suaves.
Por otra parte, preocupado por evitar que Ramón caiga en el ostracismo, siempre que puedo le animo a que salga de su escondite, ¡que he dicho que no y es que no!, insiste él. Una noche le pregunté si pensaba pasarse toda la eternidad ahí tumbado y por primera vez le escuché reír. Fue una sensación extraña, tiene una risa muy contagiosa y al final yo también acabé riéndome. La eternidad solo asusta a los vivos, dijo antes de quedarse dormido.

Puede que me esté metiendo donde no me llaman, pero me he propuesto ayudar a Ramón. No soporto pensar que cuando yo me vaya y llegue otro inquilino, él seguirá ahí abajo; a saber qué clase de maniaco podría encontrarlo. Por otra parte no va a ser tarea fácil convencerle de que salga, por ahora solo puedo atribuirme pequeños logros: últimamente se despierta gritando a media noche, aquejado de lo que supongo son las típicas pesadillas de un banquero. Para intentar tranquilizarlo le recuerdo que todo ha sido un sueño y que nada malo puede ocurrirle porque ya está muerto… entonces se echa a llorar y yo dejo caer mi brazo por un extremo de la cama para que me agarre la mano y se calme.


domingo, 20 de julio de 2014

CLARK GABLE

El tonto de Isidoro cuenta unas historias que nadie se cree, como el día que dijo que se había encontrado a sí mismo.

 Greenman
Según parece, aquella mañana no había escuchado el despertador y se levantó a las diez. Isidoro trabaja en un banco, y justo antes de entrar observó que había alguien en su puesto, alguien con su mismo peinado a lo Clark Gable en Lo que el viento se llevó. Intrigado, pegó su nariz al cristal y entonces pudo verlo con claridad. ¡Era él mismo! Sin duda. Además llevaba la camisa de los martes. Un impostor no hubiera sabido qué camisa elegir y se hubiera puesto la de los viernes, o la de los miércoles, quién sabe.

Lo primero que se me pasó por la cabeza, me decía Isidoro, fue entrar allí y deshacer el entuerto, pero al verme trabajar con esa entrega y esa dedicación, preferí contemplarme y sentirme orgulloso de mí mismo. Los clientes salían encantados y me decían ¡Gracias por todo, Isidoro!

En los finales de las historias de Isidoro suele faltar algo. Pero en esta en concreto no sabría decir qué es. Por lo que contó, se estuvo vigilando todo el día: desde el banco se persiguió hasta el gimnasio y después se estuvo acechando en el club Paradise, eso sí, manteniendo en todo momento una distancia prudencial, pues le atemorizaba lo que pudiera decirse uno mismo cuando se tiene enfrente.

Una vez en su casa, esperó en el portal hasta que todo quedó en silencio. Dispuesto a recuperar su vida, entró sin hacer ruido y programó la alarma de su móvil para despertarse al alba. Mañana yo llegaré el primero, se dijo. Y nada, se tumbó en el sofá y se durmió.

lunes, 7 de julio de 2014

BOCHORNO




¿Pero dónde se ha visto un cobrador del frac gordo?, le dije. El tipo se encogió de hombros.

Estábamos sentados en el mismo banco. Él en un extremo y yo en el otro.

Pues nada, dijo. Pues nada, dije.

Al cabo de un rato los silencios dejaron de ser incómodos. Mientras disfrutaba de la compañía muda de aquel hombre obeso y desconocido, estuve un rato pensando en qué pasaría si se desencadenara un holocausto nuclear y, como dicen, solamente sobrevivieran las cucarachas. Parece que está para llover, comentó mi rechoncho camarada. Sí, hace bochorno, contesté.

Los niños que estaban columpiándose fueron solicitados por sus respectivas madres. Poco a poco nos fuimos quedando solos en el parque. El tipo se ahuecaba el cuello de la camisa pero no le servía de mucho. Su enorme papada le ocultaba por completo la pajarita.

¿Y va a estar usted mucho tiempo aquí sentado?, preguntó. No lo sé, le dije. Entonces lo escuché resoplar. El bochorno lo estaba matando. A veces cerraba los ojos y quizá pensara en osos polares, qué sé yo. El caso es que estaba jodido. Si quiere podemos ir a esa terraza, yo invito, me propuso. Aquí estamos bien, declaré yo.

La lluvia no tardó en precipitarse sobre nosotros. Miré hacia arriba y abrí la boca. Me gusta hacer eso. El tipo del frac me miró con cierto asombro. Las gotas de agua caían con mansedumbre sobre su barriga, atraídas por la gravedad. Al cabo de un rato se levantó, tenía la levita calada y cara de perdedor. Mucho gusto en conocerle, me dijo echándose mano a la chistera, y se marchó.


Visto por detrás me recordó a una enorme cucaracha.



                                               
                                                                                                 

lunes, 16 de junio de 2014

AFORTUNADO

Era mediodía. Linda cocinaba una lasaña de pollo y yo salí al balcón. El sol brillaba sin calentar. Mi vecina sacudió una alfombra por la ventana y las pelusas cayeron al vacío con parsimonia. En la calle, un tipo abrió el capó de su coche y comenzó a buscar algo. Un viejo se le acercó. El tipo le mostró con discreción lo que había encontrado. Desde lo alto pude ver que se trataba de una pistola. La envolvieron en un trapo y el viejo se la llevó bajo el brazo. El tipo subió al coche y se marchó. El perro del vecino no paraba de ladrar. El horno emitió un pitido. La lasaña estaba lista. Linda sonreía orgullosa con la bandeja en la mano y yo, por primera vez, me sentí afortunado de no ser un pollo.



(Incluido en el libro de relatos “Realismo Sucio, homenaje a Charles Bukowski” de la editorial Artgerust.)


sábado, 29 de marzo de 2014

CREE EL LADRÓN...

Todos los familiares de Andrés Fontana Zúñiga, veintisiete nada menos, entraron por la puerta de la casa en estampida. El salón era muy pequeño y cuando se vieron  demasiado apretados fueron pasando a las habitaciones. La casa de Andrés era una casa humilde, sin teléfono ni televisión, con desconchones en las paredes, muebles comidos por el sol y ventanas que cerraban mal, pero sus familiares no dejaron un armario por abrir, un cajón por vaciar ni un cojín ni colchón por rajar. Volcaron las macetas y examinaron la tierra, unas macetas con geranios donde Andrés depositaba agua de vez en cuando, y todo el tiempo que no empleaba en salir a los bares, el puticlub o las tiendas de la capital. La tierra comenzó a extenderse por el suelo haciéndolo resbaladizo y entonces alguien gritó ¡Orden, orden!

Las veintisiete personas que habían entrado eufóricos en la casa de Andrés, al cabo de un  rato empezaron a sentirse cansadas. El mismo tipo que antes solicitó un poco de orden, se sentó en una silla vencido luciendo esa mirada perdida que le dice adiós a un sueño que se marcha. Andrés no tenía hijos ni parientes en el pueblo y también tuvo que decir adiós a la mayoría de los que ahora estaban allí, pero con el paso del tiempo, tuvo que aceptar que lo habían olvidado.

Un niño de siete años, hijo de un sobrino de Andrés, apareció en el comedor con una baldosa en la mano. Al principio nadie le hizo caso, pero el mismo tipo que había gritado orden y más tarde fue visto en una silla mirando al infinito, se dio cuenta de que el niño había encontrado lo que buscaban. El hijo del sobrino de Andrés, que seguro tenía un nombre moderno como Yónatan o Kevin, encabezó la marcha hasta el sitio exacto donde había encontrado la baldosa suelta. Unos cuantos se tiraron al suelo para meter la mano por el hueco que había excavado. En un momento dado, alguien alzó su brazo hacia arriba empuñando el asa de una maleta de cuero. Todos se echaron hacia atrás y rodearon al portador de la maleta como si se tratara de un dios. Las risas estallaron contagiadas por el hallazgo y los veintisiete familiares de Andrés iniciaron una  vorágine de abrazos y besos tal, que ni los primos más lejanos fueron excluidos.

Andrés cultivó todas las tierras de su familia, como el último guerrero de una estirpe destinada a la extinción. Uno de sus parientes conocía al alcalde del pueblo, y de vez en cuando le llamaba para preguntarle por Andrés y este le decía: Ese no se gasta ni la hora.

Eran las cinco de la tarde, y en la mesa del comedor, ajena a los cincuenta y cuatro ojos que la observaban, descansaba la maleta de cuero que, según los cálculos de los familiares de Andrés, contenía más de medio millón de euros. El tipo que había gritado orden y que también había sido el primero en sentarse para luego fijarse en el niño de la baldosa, se encontraba de pie frente a la maleta. ¡Ábrela ya!, gritaron a coro los veintiséis familiares que lo rodeaban, pero en el silencio creado por la expectación, se escucharon unas campanas escuetas y pausadas. Entonces alguien miró su reloj y dijo: ¡Coño, el entierro!

Durante la misa, los veintisiete familiares de Andrés estuvieron vigilándose los unos a los otros. Habían decidido dejar la maleta en la casa y no permitir que nadie se ausentara de la ceremonia bajo ningún concepto, pero después del sermón, el sacerdote tuvo a bien añadir unas palabras a título personal que les desconcertaron: Ayer se nos fue nuestro hermano Andrés, un hombre solitario, encerrado en sí mismo, un hombre generoso en las limosnas que por otra parte tenía fama de tacaño, roñoso, incluso de avaro, y no me avergüenza decir que sí, que lo era, pero no con Dios Nuestro Señor, sino con vosotros, los hombres. Por eso murió como vivió, pobre y solo.

Veintisiete personas vestidas de negro, incluido el niño de la baldosa llamado Yónatan o Kevin, echaron a correr hacia la casa de Andrés bajo la mirada estupefacta de la gente que asistió a la misa. El tipo que antes casi abre la maleta, esta vez, sí que la abrió, pero sus ojos se abrieron aún más al ver la colección de revistas pornográficas que el bueno de Andrés había comprado por correo durante años. Las esposas de sus maridos, desesperadas, empezaron a desgarrarlas entre maldiciones y lágrimas teñidas por el rímel mientras que los hombres pensaron que tampoco hacía falta romperlas, pero ninguno se atrevió a decirles nada.




Fotografía: www.theweirdworldof.com




lunes, 3 de febrero de 2014

LA PRINCESA, EL PRÍNCIPE Y EL SAPO

LA PRINCESA

La princesa no comía. La princesa no se peinaba. La princesa no dormía.
El rey, preocupado por su hija, envió al sirviente con las orejas más grandes a escuchar detrás de la puerta y halló la respuesta: Estaba enamorada del mayor canalla del reino.
—¿No te das cuenta de que ese hombre no tiene cabeza?
—Me da igual si tiene cabeza o no, me casaré con él, padre.
Dicho esto, el rey mandó decapitar al joven y la princesa pudo casarse, y entonces volvió a comer y a peinarse y a dormir por las noches, junto a su amado caballero.


EL PRÍNCIPE

El apuesto príncipe bajó de su caballo. La sangre de mil enemigos goteaba de su espada sobre el suelo del castillo. El rey lo estaba esperando sentado en su trono:
—¿Venciste todas las batallas?
—Tal como le prometí.
—¿Conquistaste las tierras del Norte?
—Sí, majestad, y las del Sur…
—¿Y las del Este?
—Las del Este y las del Oeste, majestad.
El rey hizo un gesto y un criado entró con una cajita de madera.
—Muy bien, pues aquí tienes lo que acordamos: la mano de mi hija.







EL SAPO

Un sapo saltaba feliz por el bosque. De pronto, se encontró a una princesa tumbada en el suelo mirándolo y esta le dijo: 
"Si me das un beso me convertiré en una atractiva ranita".
El pobre sapo se lo pensó un momento, pues le daba un asco atroz besar a una joven princesa de cabellos dorados y mirada angelical, pero finalmente accedió. Entonces la princesa se levantó y se fue corriendo y riéndose del sapo porque se había creído ese estúpido cuento de ranitas encantadas.


jueves, 26 de diciembre de 2013

NO TAN ELEMENTAL, QUERIDO WATSON


El doctor Watson entró en la habitación. Los vapores etílicos que durante la noche habían consumido el aire del cuarto le golpearon en la nariz. Holmes no se encontraba allí pero sus sábanas todavía estaban calientes. Watson se atusó el bigote con el fin de adivinar su paradero, pero unos ruidos provenientes del cuarto de baño le dieron la respuesta.
—¡Holmes, creo que tengo algo! —gritó emocionado, y se sentó en la cama a esperar.
Pasados unos minutos, la puerta del baño se abrió. Holmes apareció vestido con un batín y sin emitir saludo alguno, fue caminando lentamente hasta una silla situada cerca de la ventana. Luego sacó una pipa del bolsillo y tras metérsela en la boca le arrimó una cerilla. Watson interpretó ese silencio como vía libre para exponer sus conjeturas y sin perder un segundo procedió:
—Esta mañana he visitado a  Miss Stapleton y me ha dicho que salga de la ciudad. Lo más curioso es la picardía que empleó al hacerlo pues, lejos de querer amenazarme, aprovechó para decírmelo cuando el señor Stapleton estaba ausente. No sé, Holmes, creo que me ha debido confundir con Henry Baskerville y pretendía avisarme de algo, lo que me lleva a pensar que quizá el señor Stapleton también esté relacionado con la muerte de Sir Charles Baskerville.
Envuelto en su propio humo, Holmes se rascó el mentón como si pensara en algo. Watson prosiguió.
—Tenemos pruebas de que el verdadero asesino es ese perro endemoniado que merodea por el páramo, pero… ¿Qué crees que pretendía Miss Stapleton al darme ese mensaje?
Holmes cerró los ojos y comenzó a masajearse las sienes con los dedos. Al cabo de unos segundos miró a Watson fijamente y dijo:
—Watson, lo único que creo es que deberías volver luego. Tengo una resaca espantosa.



lunes, 28 de octubre de 2013

DE CLASE BAJA



A merced del viento, una bolsa de plástico se eleva en libertad por encima del bullicio de los coches y de la gente. Se trata de una bolsa blanca, de esas de clase baja, que parece ser feliz sobrevolando los tejados de la ciudad. Se le ve bailar al son de un remolino y luego de otro, no tiene alas pero se diría que puede subir hasta el espacio. Quién lo hubiera dicho, ¿verdad?, una simple bolsa de plástico en el espacio. Sin embargo duran poco los sueños de las bolsas de clase baja. El cielo se llena de nubes, el viento la zarandea, y la misma tormenta que antes la elevaba ahora la precipita hasta el suelo. Pobre bolsa de plástico. Una señora la coge y se la pone en la cabeza. Está lloviendo y se le puede estropear la permanente. La bolsa de plástico entonces llora como nunca antes había llorado, pero nadie lo nota porque sus lágrimas se mezclan con la lluvia, y la señora se la lleva puesta, se la ve muy contenta con su nueva adquisición.


miércoles, 23 de octubre de 2013

GARROTE



Pero oiga usted ¿Qué tipo de contestación es esa? Ande, ande, tire para allá que ya le explicarán los compañeros.

—Pero es que yo preferiría no hacerlo.

—Y dale con la mula al trigo. Olvídese de la parte negativa de su trabajo, hombre. Además, una vez que empiece verá como no es para tanto, con el tiempo puede que le coja el gustillo y todo.

—¿El gustillo?

—No me malinterprete, quiero decir, que mire para otro lado, que no se lleve el trabajo a casa y mucho menos a la conciencia, que en esta vida cada uno hace lo que debe y aquí paz y después gloria.

—No si yo no malinterpreto, lo que pasa es que…

—No me sea usted aprensivo, que aquí no estamos para juzgar a nadie
. Es usted un hombre ¿verdad? Pues póngase firme, levante la cabeza, saque pecho y cumpla con su trabajo, cojones.
—Mire, yo no quisiera faltarle a usted ni a la patria, dios me libre, pero es que yo…

—Ya lo sé, preferiría no hacerlo, pero entonces ¿por qué carajo aceptó usted el puesto de verdugo?


 

miércoles, 16 de octubre de 2013

DÍAS VACÍOS




Estaban llamando a la puerta. Hacía solo dos horas que me había acostado y aún estaba borracho: ¡Abre, viejo loco!
Era John Martin, mi primer y único editor. En la fiesta de anoche hablamos de comer juntos y se supone que debía abrirle, ofrecerle mi hígado en una bandeja de plata y toda esa mierda, pero decidí que merecía un descanso. Guardé silencio esperando a que se marchara:
¡Maldita sea, está bien! —dijo vencido— volveré esta noche con Linda y Cloe.
Eso último me despertó. Digamos que sonó bien, muy bien. Esa tal Cloe me estuvo vigilando durante toda la noche y me debía una explicación. Me bebí una botella de vino mirándole a los ojos. Acaricié su joven cuerpo sin tocarlo. Tuve una erección y me fui al baño. Cuando regresé sus ojos habían desaparecido. ¡Malditas pijas! Les pareces exótico porque no usas champú y te dedicas a sobrevivir, hacen que pierdas la cabeza por sus frágiles cuerpos, pero una vez satisfecha su ración diaria de sexo platónico, se van a casa de papá como buenas hijas y a ti te dejan tirado oliéndote el culo, como un perro abandonado en una gasolinera. Luego intenté meterle mano a su amiga Linda, pero estaba tan ciega que me hubieran acusado de necrófilo. La dejé durmiendo la mona sobre un sofá de cuatro mil pavos. La fiesta se fue animando y todos los intelectuales soplapollas y artistas con casas en Malibú se pusieron a bailar algo que parecía una coreografía ensayada; incluso la viuda más famosa de los Ángeles —un esqueleto con más de doscientos años— movía sus pies a la perfección mientras sostenía en brazos un perrito subnormal de pelo dorado. Ese momento de euforia generalizada me pareció el más propicio para colocarme detrás de la barra, hacerme con una botella de whisky y desaparecer de aquel nido de buitres subido en mi Comet sin luces del 62.

La resaca me estaba otorgando momentos de lucidez y decidí preparar el terreno para la noche. Esta vez, Linda y Cloe no iban a marcharse sin probar la máquina de follar, además, pensé que sería un buen título para uno de mis libros.
Cogí dos bolsas de basura y fui llenándolas con todo lo que encontré por el apartamento: botellas vacías, cartones de vino vacíos, latas de cerveza vacías, envases vacíos, mentes vacías, días vacíos… Desayuné medio cigarro que había en un cenicero y el culo de una botella de ginebra. Encendí la radio. La música clásica sonaba por toda la casa; subí las persianas y el sol bañó el apartamento con microscópicas partículas de luz que se fueron convirtiendo en polvo sobre polvo.
Salí a la licorería y compré veinte latas de cerveza y un par de botellas de vino. Seguramente John y las chicas traerían más botellas. Volví a mi apartamento, abrí una cerveza, me tumbé en la cama y soñé con Cloe: sus muslos blancos y frescos se derretían al tocarlos como la nieve bajo el sol, éramos felices en un absurdo mundo almidonado pero cuando fui a besarla, un vómito de sangre invadió la blancura de su piel. Sabía que me estaba desangrando, necesitaba ir a un hospital y rápido, pero no podía dejar de acariciar aquellos maravillosos labios. En mi último aliento antepuse el placer a la muerte y entonces viví para siempre…
Hasta que desperté.
Otra vez llamaban a la puerta. Ya era de noche. Serían Martin y las chicas. Abrí en calzoncillos y allí estaban: mí jodido editor con una botella de whisky.
Descorché el vino y calenté un trozo de asado que encontré por la nevera. Ninguno de los dos probamos bocado. Nos bebimos el vino y luego las cervezas. John no quiso decirme por qué demonios no estaban allí los coñitos de Linda y Cloe. Me preguntó por mi novela. Le dije que bien. No quise decirle que ya la tenía acabada.
John se marchó de madrugada. Yo me quedé con su whisky. Satisfecho, borracho, pensando que con las mujeres no hay que andarse con prisas pues siempre hay tiempo para cagarla.
(680p.)
“Disfrazado de Charles Bukowski.”