lunes, 29 de agosto de 2016

RESISTENCIAS


Por suerte, en el interior de la casa se está bien. El sofá es más cómodo de lo que esperábamos y los techos altos dan sensación de amplitud. La cocina cuenta con cuatro fuegos, cafetera y un hornillo. Todo funciona perfectamente. La nevera enfría y el congelador congela. Se nota que el casero es alemán. Su nombre es Hans y se encarga de regar el jardín, podar los árboles, mantener limpia la piscina y proveer a los inquilinos de todo lo que necesiten; ya sea un ventilador, sábanas de lino o un par de crampones. Solemos verlo caminar de aquí para allá con el cuerpo inclinado hacia delante a causa del viento. A veces nos saluda levantando la mano y nosotros, desde la ventana, le mostramos el pulgar, como diciéndole que todo está correcto. Luego volvemos al sofá.

La televisión es antigua y para verla hay que activar el dispositivo de TDT. Lo que ocurre es que no acabamos de aclararnos con los mandos a distancia. Al mediodía intentamos encenderla, se nos hace raro comer sin ningún ruido de fondo, pero siempre fracasamos. Lo único que conseguimos ver en la pantalla es nuestro reflejo hambriento y abombado. Por eso, cuando no estamos durmiendo (las siestas son sagradas), nos pasamos las horas contando las tablas  de madera que Hans tuvo que clavar, una por una, en el artesonado del techo. Hay exactamente ciento cuarenta y cinco, dispuestas a dos aguas, aunque algunos aseguran que son ciento cuarenta y seis. Lo hacen por abrir debate; estar de acuerdo en todo es aburrido y el aburrimiento dinamita cualquier tipo de relación.

El primer día, con la ilusión de zambullirnos en el agua, nos acercamos hasta la piscina. Allí las hamacas se desplazaban de un lado a otro, como poseídas por algún espíritu veraniego, las ramas de los árboles se deshacían en reverencias hasta tocar el suelo y los pájaros, los pobres pájaros, luchaban por mantener su rumbo. Entonces nos dimos cuenta de una cosa, que toda resistencia acaba cediendo, y volvimos en seguida al interior de la casa, a sentarnos en el sofá, a la contemplación silenciosa del artesonado. Las vetas de la madera nos aportan seguridad y esa callada quietud que todo hogar necesita.

Cada mañana, protegidos por los sólidos muros de la casa, despertamos convertidos en meros observadores, testigos mudos del desastre. La insistente velocidad con la que este viento lo zarandea todo nos asusta un poco. Esa es la verdad. La cuerda de tender enloquece, las toallas y los bañadores van a salir volando, sabemos que tarde o temprano lo harán, pero no podemos impedirlo. Las sillas de plástico que había en la puerta llevan días volcadas y los palos que sujetaban la parra (una parra que Hans hizo crecer a modo de sombrajo) están tirados en el suelo. A menudo nos preguntamos si quedará algo en pie, si todavía sigue siendo verano ahí fuera.

Cuando llegamos, hace ya casi un mes, vivíamos muchos en la casa, tantos que apenas había camas para todos. Ahora, sin embargo, solo quedamos media docena; el viento se los ha ido llevando poco a poco. Basta el mínimo descuido, una ventana medio abierta, un arnés sin ajustar, un nudo mal ejecutado, para salir volando como una hoja seca. Por eso antes de irnos a dormir, hacemos recuento. Si falta alguien, rezamos en voz baja, y si no, recordamos a los que se fueron. Los echamos de menos pero así estamos más anchos.

Esto no quiere decir que lo estemos pasando mal. Al contrario. Nosotros no necesitamos largos paseos por la playa ni aplaudirle al sol para disfrutar de las vacaciones. La oración nocturna enriquece nuestro espíritu, el sofá es bastante cómodo y los techos altos dan sensación de amplitud. No obstante, el alquiler de la casa se acabó hace una semana. Hans nos ha dicho que debemos desalojarla en veinticuatro horas o llamará a la policía. Nos da igual. Hemos decidido resistir, luchar contra el viento como esos pájaros que vimos en la piscina. Y si al final no nos queda otra que ceder, si los agentes de la ley entran por la fuerza y nos esposan como a delincuentes, les pediremos que nos tomen declaración, tenemos mucho que contar, preguntarles qué piensan hacer si el viento no amaina, denunciar algunas desapariciones.

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